
No volveré a llamar
a quienes desobedecen
sin misericordia ni humildad
los mandatos del Señor.
No dejaré volar mi mente
que aviesa se fuga pidiendo
una ayuda bastante menor.
No intentaré perderme en sus sombras,
maltrechos reflejos de su ser;
acabaré olvidando que fui niño
que en la envidia padeció.
No volveré a caer en sus redes,
pescadores inauditos de lo banal;
caminaré despacio, desoyendo mitos
que concluyan en pura desolación.
Qué es la vida, sino ayudar a los demás,
el darles techo, comida y razón,
que no son sinsentidos del azar;
es la lógica difusa donde el orden
encuentra claro parangón.
Llano en llamas desde el interior,
cubre alas temerosas en tropel
colinas arriba del nivel del mar;
el viento ilumina alguna especie;
sólo a los que entienden del amor.
No es malsano, superficial o instigador,
esa fuerza indecible que nos mueve
a los umbrales de un alcázar
de marquesinas doradas,
sobre los pilares
de todo ayer.
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